miércoles, 19 de julio de 2017

El Corazón del Bosque

Desde que existen los seres humanos en este mundo, no, mucho antes, vago por aquí.

Nunca he dejado de existir, por lo menos desde que tengo memoria, o desde que tienen memoria los árboles.

Siempre he estado aquí, y aquí seguiré. Antes el espacio en el que me movía era mayor; ahora hay menos verde en este mundo.

Pero siempre existió el “aroma”.

El aroma me indica el camino para regresar a mi hogar cada año, solo un día, al corazón del bosque.


El aroma es eso que permite que los seres humanos piensen, no que razonen; más bien, es su instinto.

El instinto es aquello que los ancla a la naturaleza, lo que los hace animales.

Que vivan, pero también que mueran.

El aroma está por todas partes, salió del corazón del bosque y se extiende por las ciudades. Dicen que está dentro de las maquinas, incluso en cada animal o persona.

¿Pero qué sería realmente el aroma? No puedo explicarlo con palabras de ningún idioma. Solo sé que existe desde siempre, al menos desde que yo recuerdo, y sé que seguirá después de que muera el último hombre.

Cuanto más me acerco al corazón del bosque, el aroma es mayor, y llega un momento en que no hay ningún ser humano cerca, ni ningún producto suyo que viole la impenetrabilidad del corazón del bosque.

Y allí lo veo, solo se abre un minuto al año y puedo contemplar una luz que no es común, sino que es sagrada, no está hecha de física… y dentro de ese aura, una especie de huevo se abre y aparece un bebé menudo con los ojos entrecerrados y la boca abierta, como en un gozo de algo que empieza siempre.

Lo miro y lo miramos todos los demás. El aroma sale de esa voz, una voz que no es una voz, sino un aliento que impregna el mundo…

Y ahí entonces se cierra y todo cae en las tinieblas por unos instantes, el aroma se expande y cada cual empieza a retornar a su sitio en el mundo


Todo empieza y acaba.

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