La Pecera y la Vida

Hernando Sastre tiene hoy 55 años, trabaja como director en una conocida empresa del país; es un hombre canoso, de aspecto triste y gris; hoy su chofer le lleva por las grises y lluviosas calles de otoño hay un sanatorio en el centro de la ciudad.

Aparcan, sale del coche y se despide del chofer, con aire pensativo y melancólico avanza por la calle que desemboca en el hospital, abre la puerta y deja pasar a una atractiva señorita que sale e inmediatamente piensa en su hija mayor de y 26 años y en cuando se va a casar, en su hijo de 23 y cuando acabara la carrera y en su hijo menor de 20 que acaba de empezarla. Todo producto de una vida conflictiva y dura; mientras avanza por el largo pasillo con olor a muerte y unos pocos médicos y enfermeras de turno, rememora el pasado. Recuerda cuando tenia 6 años, en las calles de aquel Madrid de la dictadura, recuerda su cuarto, pequeño y a su madre que hoy es una anciana de 88 años y sobre todo a su padre.

Su padre era un ser autoritario y una persona muy temperamental que mantenía mucho las distancias con el y sus cuatro hermanos; entonces una punzada de dolor amarga su camino; recuerda sus cinco perros, uno tras de otro, sus hamters y sobre todos sus peces.

Aquellos peces que flotaban en la consola del salón; recuerda cuando su padre compro la pecera, fue una alegria para todos, sobre todo para él; sintio por primera vez cariño por su padre, sobre todo cuando vio ese pez de color nanranja y blanco que parecia él mas activo y bello; Hernando se paraba horas mirándole, viendo como se relacionaba con los demas peces; aquellos seres eran inexpresivos, bobos y extraños.

Se quedaban mirando el cristal abriendo la boca sin entender lo que le miraba al otro lado, tampoco entendían si estaban presos o libres ya que parecía que no les importaba estar metidos en una jaula de cristal observados por unos seres gigantes y menos aun entendían nada de aquel Madrid franquista.

Hernando no podía reflexionar con ellos ni buscar aliento sin embargo el simple hecho de verlos animados sin preocupaciones le mantenía embobado un tiempo y le ayudaba a evadirse de la realidad.

A veces, sin embargo algún pez se echaba la siesta y aparecía haciendo el muerto sobre el agua del acuario.

-Papa, mira el pez se ha tumbado, estará malito- de decía Hernando a su padre.

-Si la verdad, seguro que tiene la gripe

-Entonces que hacemos

-Pues hay que llevarlo al Manzanares con su familia; a que lo curen los médicos peces

Y su padre sacaba el pez con un tazón y lo guardaba.

Hernando se ponía muy contento ya que pensaba que los peces pasaban un tiempo con ellos por diversión, como por vacaciones y posteriormente tenían que volver con su familia.

Sin embargo un día el pez naranja se puso malo y a Hernando le sentó tan mal que no quería que se fuese.

Se puso pesado:

-Papa, no podrá volver con nosotros¿?

-No hijo, ahora necesita el cuidado de su papa, su mama y sus hermanitos

-Y no querrá volver a vernos¿?

-No hijo, el ya ha estado aquí, a ti te gustaría estar siempre sin tus papas.

Hernando se quedo pensativo, pero aquella noche, se le ocurrió que quería despedirse del pececito y fue al cuarto de sus padres aunque no le dejaban y en un descuido llego al baño de sus padres y vio lo que vio.

Hernando se quedo horrorizado, y lloro, miro a su padre furiosamente y le grito:

-¡¡Mentiroso, cerdo embustero!!- y loco de ira amago con pegarle.

Su padre al principio se sorprendió e intento calmarlo pero viéndose ofendido acabo dándole la paliza de su vida, ya que no dejaba de insultarle y de intentar golpearle con furia.

No hablaron en mucho tiempo y no volvió a ser lo mismo, la pecera se quito, dejo de prestar atención a los perros, a los estudios, se volvió amargo y violento, paso de su padre y a los 17 años se fue de casa y entro donde no debía de entrar.

Pasaba el día con sus colegas, con sus muchas novias y no se le ocurría ni llamar a casa, acabo viviendo con unos matones de un club de alterne donde se dedicaba a tomar esa sustancia blanca que tan bien le dejaba

Un día se le encontraron tirado en la calle como un vagabundo con la mirada perdida y temblando y no precisamente de frió.

Entonces lo volvió a ver, aquel ser moreno y violento se había convertido en una persona canosa y cariñosa.

Todos los días iba a verle al hospital y cada día le traía unos churros de chocolate y le acompañaba tres horas a ver la tele y a comentar el fútbol y la política actual.

Al principio reacio apenas le dirigía la palabra pero por aburrimiento encontró a un ser bondadoso dentro de ese ser y eso le gusto.

Incluso le llego a traer una pecera en la cual fue metiendo peces.

Después de estar en el hospital la pecera volvió a casa y también los perros y los estudios.


Ahora mismo Hernando entra en la habitación donde ese hombre reposa y cuando lo ve de cerca no respira; Hernando se acerca y en voz baja le da las gracias como despedida final mientras se le humedecieron los ojos








Comentarios

gonzalo ha dicho que…
que pasa ñaki, soy gonzalo ; el de la pecera es tuyo? esta muy pero que muy bien , muy buen relato hermano¡

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